domingo, 19 de mayo de 2013

Día pre-D y Día D

El 14 de mayo a últimas horas de la noche y antes de apagar por fin el último pucho, escribía melancólicas y concienzudas palabras de despedida:


estoy fumando los últimos cigarrillos de mi vida. con todo el peso que esto les concede: los últimos de mi vida.
me estoy fumando la muerte de mis cigarrillos, para vivir.
cada una de mis acciones, después de la muerte de estos cigarrillos, será sin tabaco. este té será sin tabaco, esperar será sin tabaco, caminar será sin tabaco, llorar, reirme, comer, cojer, charlar, contemplar, será sin tabaco.
así de importante es esta futura falta, que las acciones serán SIN. 
o serán simplemente las acciones que sean.
trato de olerlo, de degustarlo, de saborearlo e inhalarlo con la conciencia de última vez, porque en adelante, será sólo si es de otros.
se terminan diez años de una compañía solemne y letal. diez años, con todo lo que una vida transcurre en diez años, codo a codo con cada dulce cilindro. diez años de humo que se consumen hoy.
redundan las dudas sobre cómo haré para olvidarme de este compañero fiel. cómo haré para recordar que ya no lo quiero, y ya no lo necesito.
hoy me separo del cigarrillo. bienvenido duelo. suenan campanas. bienvenidos a su funeral. bienvenida extraña libertad. bienvenida a respirar.
mañana será otro día. el primer día de mi vida.

Acto seguido, enterré restos de tabaco y colillas en el cantero, y sembré sobre ellos una plantita.

El 15 de Mayo, Día D, comenzó con el pie derecho. 
No tenía que concurrir al trabajo, de modo que, en ayunas, me fui a sacar sangre para análisis, y todo andaba de lo lindo al volver con un caramelo en la boca y pilím pílím primavera. 
El pie derecho comenzó a convertirse en izquierdo al llegar a casa, preparar unos mates y engullir unas cuantas facturas como desayuno... Y es que... sin un cigarrillo... cuándo se termina el desayuno? cómo es que se termina? el cierre de tan preciado momento del día fue el principio de las catástrofes emocionales que seguirían regurgitando hasta el presente. 
Ya lo decía yo: la abstinencia empieza después de comer. Ahí, el límite que creías tener bien delineado sobre "estoy satisfecha", "me llené", "quedé de la panza", se desdibuja por completo y el "fondo" parece abrirse a recibir harinas como agujero negro. Desesperación. Así transcurrió el 15 de mayo. Llorando en el colectivo, maldiciendo en la dentista, peleando con los cercanos, angustiándome y escupiendo la almohada. Sí, hubieron dos o tres momentos de paz... que pasaron sin pena ni gloria entre los ruidos de la hecatombe. 
Al fin y al cabo: Día 1, logrado.

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