jueves, 17 de noviembre de 2011

sobre "la decisión"

Todo esto comienza con una decisión, simple y firme: tengo que dejar de fumar. Punto. Corta. Tengo que dejar de fumar.
Las especulaciones al respecto llevan años de arrastre y, al menos, dos intentos fallidos. "Simple y firme", suena tangible, pero "la decisión" no adviene. Entonces, elijo arbitrariamente una fecha: 16/11/2011. La mañana posterior a mi cumpleaños número 28 voy a dejar el cigarrillo. Voy a resignificar mi nacimiento en un nuevo nacimiento: me voy a parir soberana de humo, de ceniza, de colillas. Voy a deshacerme de la nicotina, de las artimañas para disimular aroma y sabor, de la dependencia a un señuelo de pocos centímetros de largo y pocos minutos de duración. Voy a liberarme, finalmente, de la adicción.
Está claro, no soy capaz de describirlo con poesía: no es un acto poético. Es una elección vital, esperada, necesaria. Todos los fumadores (o intentos de "ex") lo sabemos: nuestra propia trampa es dulce, deseada, nos identifica, nos sostiene, nos salva. Y también, nos mortifica (es nuestra propia trampa).
No hay aviso, ley o foto que pueda detenernos. Peor aún: avisos, leyes y fotos, refuerzan nuestra resistencia.
Entonces, se trata de una decisión, íntima y autónoma. Una decisión plena de voluntad y de la convicción certera que afina el blanco. Dejar de hacer lo que hacía. Abandonar el hábito y el automatismo. Decidirlo. Dejar de hacerlo. Corta.
Dos días después, estoy en condiciones de asegurarlo: "la decisión" no es el paso más difícil. Si no me creen, esperen a que aparezca la abstinencia.

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